En sus orígenes, cuando el hombre fue creado, el papel sacerdotal no existía, pues el hombre vivía en completa armonía y plena amistad con su creador. Sin embargo, el pecado cometido por nuestros primeros padres en el jardín del Edén, representó una ofensa a Dios, por lo tanto, trajo consigo la separación de Dios con el hombre, como bien nos lo describe el profeta Isaías: “pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2).

Así como el agua y el aceite no se pueden mezclar, por ser de naturalezas distintas, de igual manera, la naturaleza santa de Dios, ya no se podía mezclar con la naturaleza pecaminosa y rebelde del hombre. El hombre había ofendido a Dios, transgredido su ley, y como consecuencia, el pecado entró en su vida y como su fin, la muerte, que es su penalidad; se iniciaba así, un estado de enemistad con el Dios soberano y creador de todo lo existente.

Debido a esa presencia del pecado en la humanidad, el Espíritu de Dios se separa del espíritu del hombre, y a partir de ese momento el hombre nace físicamente vivo, pero espiritualmente muerto, es decir, separado de Dios, quien es Espíritu, como bien nos dice el apóstol Juan en su evangelio, “Dios es Espíritu, y los que le adoran en espíritu y verdad es necesario que le adoren” (Juan 4:24).

Un Dios santo ya no podía relacionarse de la manera habitual con el hombre pecador, como lo hizo en sus inicios en el Paraíso. El papel entonces del sacerdocio, de acuerdo a la Biblia, era la de un mediador e intercesor ante Dios por el hombre, mediante la ofrenda de los muchos sacrificios de animales que requería la ley como propiciación temporal por el pecado.

Sin embargo, para que este mediador sea escuchado, debe de estar libre de pecado y tener la misma naturaleza santa que el Padre para poder estar así en su misma presencia. Esta es una característica que solo un hombre sobre la faz de la tierra la tiene y que nadie más la ha tenido, ni antes, ni después de él: se llama Jesucristo. Como bien nos lo confirma el apóstol Pablo en su carta a Timoteo, “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio así mismo en rescate por todos…” (1 Timoteo 2:5-6).

Pero Jesucristo no solamente es nuestro mediador, sino también nuestro abogado, otra forma de manifestar su función sacerdotal, es decir, aquel que defiende la causa de un acusado delante del juez, como nos lo dice el apóstol Juan en su primera carta, “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). Y todos nosotros somos pecadores delante de Dios, quien es el juez de toda obra del hombre, y necesitamos un abogado que se levante ante una acusación inminente confirmada por nuestra propia conciencia.

En el Antiguo Testamento encontramos la labor mediadora pero temporal de los sacerdotes, quienes exclusivamente eran originarios de la tribu de Leví, una de las doce tribus de Israel. Esta tribu de levitas, representaba a un sacerdocio humano que comienza con Aaron y termina con Jesucristo, quien representa el inicio de un sacerdocio divino, misericordioso e identificado plenamente con el pecador, “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:14-15).

Como podemos apreciar, la característica del sacerdocio antes de la venida de Cristo, era la de un sacerdocio temporal y figurativo del sacerdocio perfecto que estaba por venir, de manera que el pecador pudiera obtener misericordia antes de la venida del “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Esta posición sacerdotal es ahora representada en su totalidad y para siempre por nuestro Señor Jesucristo: “mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual, puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:24). 

Concluimos de este último versículo, otro atributo de Jesucristo que viene dado como parte de su sacerdocio divino: nuestro intercesor. La función de un intercesor, es la de hablar ante alguien en favor de otra persona para ayudarle a obtener un bien o para ayudarle a librarle de un mal. Como intercesor del hombre ante Dios, Jesucristo apela delante del Padre que las bendiciones inmerecidas sean recibidas por el hombre pecador, pero ahora justificado y redimido con su sangre, y que todas las maldiciones de la ley sean quitadas de en medio, porque él ya las llevó en el madero, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición…para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles…” (Gálatas 3:13). Es así como el sacerdocio de Cristo nos hace ahora y por pura gracia, acreedores de las bendiciones de un nuevo pacto.

El sacerdocio humano en la antiguedad era temporal y limitado, contrario al sacerdocio de Jesucristo, permanente e ilimitado, no sujeto más a la muerte, representado en la persona de Jesucristo: “Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar” (Hebreos 7:23). 

El sacerdocio humano requería confesar sus propios pecados delante de Dios, además de los pecados del pueblo y sacrificar permanentemente corderos para la expiación. El cordero que se sacrificaba, tomaba el lugar del hombre pecador y se le imponían las manos sobre su cabeza durante la confesión del sacerdote, simbolizando que los pecados de los hombres, eran transferidos al cordero, y éste moría en su lugar, sustituyendo al pecador. El sacerdocio de Cristo es uno solo y para siempre, sin contaminación con el pecado, en donde él mismo es el sacrifico por el pecado, “pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12).

El sacerdocio imperfecto y perecedero del Antiguo Testamento, venía a ser sustituido por un sacerdocio eterno y perfecto, ya que Cristo mismo fue la ofrenda presentada al Padre para expiación del pecado: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo: porque esto lo hizo una vez y para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:26-28).

El apóstol Pablo en su carta a los Hebreos completa este pensamiento diciendo, que Jesús es ahora nuestro mediador por medio de un nuevo pacto de Dios con los hombres: “a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada, que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12:24). 

Cuando Cristo muere en la cruz del Calvario, dos malhechores estaban agonizando junto a él. Uno de ellos se arrepintió de sus pecados antes de morir e imploró a Jesús misericordia cuando dijo, “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42). Ante esta solicitud que nace de un corazón contrito y humillado, Jesús inmediatamente le responde y le dice, “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).

 La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿Qué necesitad tuvo este hombre de confesarse delante de otro hombre para ser salvo? Ninguna, pues se confesó delante de nuestro gran Sumo Sacerdote, Jesucristo, y sus pecados le fueron perdonados, obteniendo en ese mismo instante eterna redención. Cristo como Sumo Sacerdote, se presentó delante del Padre para interceder por este pecador, presentando su misma vida como cordero sin mancha ni contaminación y en pago por los pecados de un hombre arrepentido en busca de misericordia.

Finalizamos pues, con esta reflexión de Marcos, cuando nos dice en su evangelio, que solo Dios es el único que puede perdonar nuestros pecados: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? (Marcos 2:7). Y así como Dios es el único que puede perdonar los pecados, Jesucristo es el único autorizado por Dios para presentar nuestras oraciones de perdón, arrepentimiento y súplica delante de él en representación del hombre, como Gran Sumo Sacerdote, como bien lo afirmó él mismo cuando dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

 

 

 

 

 

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