Toda persona que viene a este mundo, nace fìsicamente vivo, pero espiritualmente muerto: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,” (Efesios 2:1). Cuando nos arrepentimos y recibimos el perdón de nuestros pecados aceptando la muerte sustituta de Jesucristo, quien paga nuestra deuda, entonces nacemos de nuevo por la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, la carne con la cual nacemos sigue aún influyendo en nuestras decisiones, ya que es el canal por medio del cual el mundo persuade al creyente a obrar de una manera opuesta a la voluntad de Dios, hasta el día de nuestra muerte, día en el cual nos liberamos de ella y de su influencia. Mientras tanto, debemos lidiar con la carne, aunque ya no nos gobierna, sino que por el contrario ahora es sierva nuestra. Es por ello que el apóstol Pabo nos exhorta a vivir ahora bajo el gobierno del Espíritu: Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:16-17). 

Pablo nos ordena prácticamente a caminar en el Espíritu haciendo ejercicio de nuestra voluntad. Pero la voluntad por sí sola no tiene poder sobre la carne, sino que ella nos sirve para alimentar el Espíritu que mora en nosotros para que por medio de él tengamos victoria sobre el pecado. La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿Qué estoy alimentando más en mi vida: la carne o el Espíritu?, ya que eso determina aquello que está influyendo en nuestra voluntad o libre albedrío. La Biblia nos dice claramente que nuestra cosecha depende de nuestra siembra: “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:8). 

La carta a los Gálatas nos explica claramente los frutos que se recogen de sembrar para los apetitos de la carne: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto…” (Gálatas 5:19-21). De igual manera, el apóstol Pablo nos explica más adelante en la misma carta, los frutos que se recogen cuando alimentamos el Espíritu: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23). 

El apóstol Pablo en su carta a los Gálatas nos exhorta a “despojarnos del viejo hombre” , es decir a abandonar los hábitos antiguos de la carne y apoyarse ahora en los recursos espirituales con los que ahora se cuentan: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre,que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros” (Efesios 4:22-25). 

Cuando renovamos nuestra forma de pensar y llevamos cautivo el pensamiento a la obediencia del Señor, estamos listos para actuar conforme a esa nueva identidad y no dar lugar al Diablo de tentarnos a través de la carne: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:26-28). 

Podemos entonces concluir que el hombre regenerado, es decir el cristiano nacido de nuevo, es ahora un santo (separado para Dios) que tiene la opción de pecar, pero que ya no está bajo el dominio del pecado, de la misma manera que Adán, no teniendo pecado en su origen en el Edén, tuvo la opción de desobedecer a Dios y transgedir su ley. Ahora bien, es importante comprender que aunque Dios nos perdona si nos arrepentimos, las consecuencias del pecado no se pueden evitar, pues es una ley en el reino de los cielos: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).  

Anuncios