Nuestro Señor Jesucristo les dijo en una ocasión a sus discípulos que el se iría para preprarles un lugar donde él y ellos puediesen estar, asumiendo que ellos ya sabían para donde iría y cuál sería el camino para llegar a él. Sin embargo Tomás le dice al Señor: “Señor, no sabemos a donde vas, ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (Juan 14:5). Evidentemente, sus discípulos no entendían a qué se refería Jesús con ello, pues ellos creían que Jesús había venido a instaurar un reino terrenal y no celestial. Es así como Jesús le responde: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). En otras palabras, si usted no sigue a Jesús, está perdido; si usted no conoce a Jesús, desconoce la verdad y está en el error; y si usted no tiene a Jesús, usted no tiene la vida espiritual, y por ende, aunque está vivo físicamente, está muerto espiritualmente y ajeno a las cosas de Dios y su reino.

Observemos como Jesús no dijo que él era uno de los caminos, sino que claramente dijo que él era el camino, afrimando que no hay otro camino que nos pueda llevar al Padre y entrar en su reino, el cual es celestial. No es nuestro papel cuestionar la Palabra de Dios, pues ella no fue revelada al hombre para ser cuestionada, sino obedecida. Es así, que nuestro objetivo es explicar el significado de esa exclusividad al la cual Jesús hacía referencia. ¿Por qué entonces Jesús hace esta afirmación?.

Lo que un prólogo es a un libro, el libro de Génesis es a la Biblia. Es por ello que para repsonder a la pregunta anterior es necesario remontarnos a lo que pasó en el Edén con nuestros primeros Padres en el libro de Génesis. Cuando el hombre fue creado y puesto en el Edén para que lo labrase, Dios les puso una pequeña  límitación  a esa libertad con que habían sido creados, y  le hizo una advertencia a Adán y Eva; una advertencia muy severa: Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17). Y efectivamente así fue, transgedieron la ley, es decir pecaron, y la muerte entró al hombre. ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley” (1 Corintios 15:56). A partir de ese momento, el hombre nace físicamente vivo, pero espiritualmente muerto: “Por tanto, como el pecado entró en elmundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). 

La muerte no es otra cosa sino separación entre dos partes. La muerte nos separa de la presencia de Dios, de su camino, de la verdad, de su paz, de su gozo, y de su reino, y nos condena a vivir una eterninad separados de Dios. Pero el deseo de Dios es que todos sean salvos, y es por ello que envía a Jesucristo para pagar la deuda que el pecado exige: la muerte. Pero solo un inocente puede pagar la deuda de un culpable, y para ello la persona que nos represente, debe nacer sin pecado, vivir sin pecado y morir sin pecado, para pagar la deuda que el pecado exige, que es la muerte del pecador: “He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma quepecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). 

La única persona en el mundo que cumple los requisitos para poder sustituirnos y tomar nuestro lugar de morir a cambio nuestro, es Jesucristo, quien nació de una virgen, no por obra humana, sino engendrado de Dios, sin sangre contaminada, para nacer puro y sin mancha y pagar por el pecador. El justo pagando la deuda por el injusto; el inocente tomando el lugar del culpable; un hombre santo, tomando el lugar del hombre pecador. Esa caracerística es única de Jesucristo, Dios encarnado, cien por ciento hombre y cien por ciento Dios, para cargar en él el pecado de todos nosotros y reconciliarnos con Dios, devolviéndo al hombre su inocencia y santidad y poder así compartir con nuestro Padre la vida eterna en el reino de los cielos.

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