La idea del diezmo es algo que nace en el corazón de Dios y que está presente desde los patriarcas del Antiguo Testamento: “Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año. Y comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ganados, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días” (Deuteronomio 14:22-23). 

Cuando leemos la última parte de este versículo, observamos el propósito de la ley: aprender a temer a Jehová todos los días. En este caso, la palabra temer, es sinónimo de confiar en su provisión, pues le honramos a él como fuente de nuestro sustento cuando nos desprendemos de aquello que nos brinda seguridad, como es los bienes materiales y el dinero, ya que “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).

Desde esa perspectiva, la idea del diezmo no cambia en el nuevo pacto, pues Dios sigue deseando que le temamos todos los días de nuestra vida en el área financiera, es decir, que confiemos en él como nuestro proveedor, de la misma forma que un hijo confía en que su padre terrenal proveerá todo lo que necesita para el diario vivir.

Adicionalmente, el Rey Salomón nos dice en el libro de Proverbios, que el diezmar y ofrendar, trae bendición al que lo practica: “Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todo tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto” (Provebios 3:9-10).

Podemos observar la continuidad de esta ley en al Nuevo Testamento, cuando Jesús acusa a los fariseos e intérpretes de la ley y les dice: “!Ay de vosotros escribas y fariseos, hipócritas¡ porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23). Hay que poner mucha atención a la última frase del versículo anterior, en el cual,  Jesús afirma que tanto lo uno como lo otro, es necesario hacer. En otras palabras, significa que, el hecho de estar cumpliendo con la ley del diezmo a cabalidad, no los exhonera de la aplicación de la misericordia, justicia y la fe para con su prójimo.

Algunos cristianos, defienden la postura moderna de que el diezmo es aplicable solo para el Antiguo Testamento, y que ya no aplica para el Nuevo Testamento, basándose en el siguiente versículo: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Sin embargo, en este versículo, el apóstol Pablo no se estaba refierendo al diezmo, sino a las ofrendas que se estaban recolectando para suplir las necesidades de los santos en otras iglesias, como había sucedido en Macedonia: “En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias y gloria de Cristo. Mostrad, pues, para con ellos ante las iglesias la prueba de vuestro amor, y de nuestro gloriarnos respecto de vosotros” (2 Corintios 8:23-24). Más adelante, en su misma carta, el apostol Pablo nos explica la exhortación a ser generosos para con los otros hermanos que estaban pasando necesidad: “Por tanto, tuve por necesario, exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra” (2 Corintios 9:5). Claramente, esta era una ofrenda entre hermanos en Cristo para que “ la abundancia vuestra supla la escazes de ellos” (2 Corintios 8:14). 

Finalmente, queremos dejar como reflección, las palabras de nuestro Señor Jesucristo acerca de la ley en general cuando dijo: No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:17-18). La palabra abrogar, es sinónimo de abolir, que significa suspender o dejar sin vigor una ley o una costumbre mediante una disposición legal. De manera muy clara, nuestro Señor Jesucristo, nos confirma la vigencia de la ley hasta el final de los tiempos: “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).

Lo que ha cambiado con el Nuevo Pacto, es que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13). El  período de la gracia, nos liberta de las maldiciones de infringir la ley, y por ello ya no se apedrea a nadie, pero al mismo tiempo, nos capacita, por medio del Espíritu Santo, para tener una vida de obediencia y cosechar así las bendiciones que la misma conlleva, “por esto digo: el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Corintios 9:6). 

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