La Biblia, si bien no tiene un mandamiento que prohíba beber vino, sidra o su equivalente, sin embargo, sí tiene varios versículos que nos alertan sobre las consecuencias del consumo del mismo: “No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en la copa. Se entra suavemente; mas al fin como serpiente morderá, y como áspid dará dolor” (Proverbios 23:31-32).  Este versículo nos alerta sobre lo atractivo que el vino puede ser a los ojos, pero que su final es de sufrimiento. ¿Conoce usted a alguna persona que por beber alcohol sea un mejor padre de familia, mejor ciudadano, mejor empleado, o mejor patrono? Por el contrario, el alcohol a traído muchas desgracias en las vidas de las personas y de los que le rodean: “Para quién será el ay? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas en balde? ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho al vino, para los que van buscando la mistura” (Proverbios 23:20-30). Adicionalmente la Biblia dice que el bebedor de vino perderá su dinero y quedará en escasez: “Hombre necesitado será el que ama el deleite, y al que ama el vino y los ungüentos no se enriquecerá” (Proverbios 21:17).

Lo que sí prohíbe Dios de manera contundente es la embriaguez o borrachera a tal grado que la equipara con los ladrones y estafadores: “ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:2).

Si nada bueno puede provenir del alcohol, entonces ¿para qué beberlo? El sabio Salomón, nos da un consejo prudente en relación a este tema: “El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño” (Proverbios 22:3). 

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