El cielo es el lugar donde Dios habita:”Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielosu trono; Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres” (Salmos 11:4),  y cuando Dios creó al hombre le dió el privilegio de habitar en su presencia, entonces, ¿por qué el hombre perdió el derecho de estar en el cielo, el lugar donde Dios habita?. La respuesta tiene que ver con un atributo de Dios, su santidad,  y su relación con el pecado del hombre. De la misma forma como el agua y el aceite no se pueden mezclar, la santidad de Dios no se puede mezclar con el estado pecaminoso de hombre. La única manera en que el hombre pueda habitar con Dios, es poseyendo la misma naturaleza santa de su creador, y esto solamente se logra apartando el pecado de en medio.

El problema es que el pecado, de acuerdo a la ley divina, debe ser penalizado, pues es una transgresión de la ley, y dado que es algo grave delante de Dios, la única pena que puede imputarse por haber cometido la falta, es la muerte del ofensor: “He aquí que todas las almas son mías; como el almadel padre, así el alma del hijo es mía; el alma quepecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). No hay otra moneda que pueda pagar la deuda que el pecado exige: “Porque la paga del pecado es la muerte …” (Romanos 6:23). Es por ello que todo ser humano muere irremediablemente, y no solo muere físicamente, también muere en el alma y el espíritu. Una efecto universal, como es la muerte,  tiene una causa universal, el pecado (transgresión de la ley, desobediencia).

Esta sentencia de Dios sobre la desobediencia a su ley, se remonta al libro de Génesis, el origen de la creación, cuando Dios le dice a Adán, De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17). 

Las obras entonces, de acuerdo a la ley divina, no pueden pagar la deuda adquirida, por muchas buenas obras que se hagan: “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).  Estar en la presencia de Dios, o irnos al cielo, es un regalo de Dios que se obtiene por medio de la fe en la obra que Cristo hizo en la cruz del Calvario al cargar sobre él nuestros pecados y saldar la deuda que teníamos delante del Padre: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9), “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,” (Romanos 3:23). 

Ahora bien, ¿qué papel juegan las obras en todo esto? Las obras son la evidencia de nuestra salvación, pues la fe sin obras es una fe muerta, como dice Santiago. El creyente no obra para ser salvo, sino que obras como resultado de la salvación que ya se produjo en él. Cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, pedimos perdón a Dios por ello y confesamos a Jesucristo como Señor de nuestra vida, nuestra naturaleza pecaminosa es sustituída por una naturaleza santa, lo cual, sucede, porque el Espíritu Santo viene a morar en nuestro cuerpo, el cual se vuelve ahora su morada: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Cor. 3:16).

 

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