Para entender mejor esta pregunta, ese necesario conocer el objetivo del sacerdocio humano que se origina en el Antiguo Testamento, el cual era un mediador entre Dios y los hombres. Debido al pecado original, el hombre no podía tener comunión con Dios de manera directa, sino solo a través de un mediador, es decir un nexo entre ambas partes. La santidad de Dios no se podía mezclar con la pecaminosidad del hombre, así como el agua y el aceite tampoco lo pueden hacer. Sin embargo, Dios toma la iniciativa de acercarse a su creación y restaurar la relación perdida y corregir la enemistad creada por el pecado: He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:1-2). Esto se hacía por medio de la acción mediadora sacerdotal, encomendada por Dios a la tribu de Leví, el tercer hijo de Jacob y que representaba a una de las doce tribus de Israel

Por la acción divisoria del pecado, Dios no podía habitar en su pueblo, sino que la presencia de Dios habitaba en medio de su pueblo, y las doce tribus de Israel se instalaban alrededor del tabernáculo, su lugar de habitación. El sumo sacerdote entraba al lugar santísimo una vez al año, pero no sin antes efectuar el sacrificio por sus pecados y los del pueblo, sacrificio de un cordero puro, sin defecto, cuya sangre era rociada en el arca del pacto y que simbolizaba que los pecados del culpable habían sido cubiertos por la sangre de un inocente: el cordero.

Cuando Cristo inicia su ministerio, Juan el bautista lo reconoce diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). A partir de aquí, ya no es necesario sacrificar más corderos, pues el verdadero cordero, Jesucristo,  había aparecido para morir en sustitución del pecador. El justo toma el lugar de los injustos y el inocente toma el lugar del culpable, para pagar la deuda que el pecado exige: la muerte del pecador. Al no haber más sacrificios que realizar, la obra sacerdotal humana queda cancelada y viene a ser sustituida por la obra sacerdotal representada por el Hijo de Dios y confirmada en su resurrección, dando inicio a un pacto nuevo con el hombre.

A partir del nuevo pacto, Jesús viene a ser ahora el Sumo Sacerdote que se presenta delante del Padre como mediador e intercesor entre los hombres y Dios: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos…” (1 Timoteo 2:5-6).  Jesucristo viene a ser ahora el cordero puro y sin mancha (sin pecado), que viene a morir en sustitución del pecador y está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez y para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:26-28). 

En esencia, el apóstol Pablo completa este pensamiento diciendo que Jesús es ahora nuestro mediador, a través de un nuevo pacto de Dios con los hombres, un pacto de sangre: “a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12:24). 

El sumo sacerdote, en el Antiguo Testamento, era el único autorizado para entrar al lugar santísimo dentro del Tabernáculo, lo cual era figura representativa del sacerdocio de nuestro Señor Jesucristo: Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (Hebreos 9:11-12).

De esta manera, el sacerdocio humano comienza oficialmente con Aaron y termina con Jesucristo, quien a través de un sacerdocio perfecto y eterno, sustituye el sacerdocio imperfecto y temporal del hombre: “Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; (Hebreos 7:23-25). Este sacerdocio, no solo es inmutable, sino eterno e intercesor, trasladando la obra mediadora por los hombres, hasta el mismo trono celestial de Dios: “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). 

A través del sacerdocio de Cristo, podemos ahora nosotros, hombres pecadores, acercarnos a un Dios santo delante de su trono: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). 

Es así como el sacerdocio humano ha desaparecido, pues ha venido a ser sustituido por un sacerdocio perfecto, santo, inocente, sin mancha; el sacerdocio de Jesucristo: “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a al diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Hebreos 8:1). 

Anuncios