La cabeza de la iglesia, de acuerdo a la Biblia es Jesucristo: “sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:15).

En esencia, la iglesia es la comunidad de todos los creyentes del Nuevo Testamento que han sido unidos por el lazo de la fe y de la acción regeneradora del Espíritu Santo, a Jesucristo. Erróneamente se ha creído que la iglesia es un templo físico o una comunidad religiosa a la cual se debe pertencer. Sin embargo, el mismo Jesucristo declaró que a partir de su resurrección, todo aquel que creyere en él, recibiría el bautismo en el Espíritu Santo y su cuerpo vendría a ser su templo:Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo” (Juan 2:19-21). 

Los fariseos no entendieron las palabras de Jesús, pues las interpretaron literalmente, cuando Jesús estaba hablando en términos espirituales. Antes de su muerte, el Espíritu de Dios se encontraba presente en el templo, específicamente en el lugar santísimo. Pero a partir de su resurrección, el Espíritu vino a morar en el corazón de todos los creyentes, como nos lo confirma el apóstol Pablo en su carta a los Corintios:“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19-20). 

La Biblia nos menciona que la iglesia, es decir, todos los creyentes, representan el cuerpo de Cristo, siendo él la cabeza: Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;” (Colosenses 1:17-18).

El mismo apóstol Pedro, a quien la iglesia Católica erróneamente lo atribuye como el primer papa, reconoce y explica en su primera epístola, que Cristo es la roca, el fundamento de la iglesia, y que todos los cristianos son piedras vivas que son edificadas sobre Jesucristo, como una casa espiritual: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida y preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado” (1 Pedro 2:4-6).

De la misma forma lo entendía el apóstol Pablo en su carta a los Corintios: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:11). Concluimos claramente, que Jesucristo es la única cabeza de la iglesia, la cual ha sido comprada con precio de sangre y le pertenecemos:¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19-20).

El Rey David también nos habla de Dios como su roca y fuente de su salvación cuando dijo: “En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación. Él solamente es mi roca y mi salvación” (Salmos 62:1-2). Así mismo, en la carta de Pablo a los Corintios, el apóstol se refiere a Jesucristo como la roca  donde la iglesia está fundamentada: “y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Corintios 10:4).

En el segundo libro de Samuel, encontramos un cántico de liberación de David, quien nuevamente hace referencia de Dios como la roca: “Porque ¿quién es Dios, sino solo Jehová? ¿Y que roca hay fuera de nuestro Dios?” (2 Samuel 22:32).

Al investigar las Escrituras, encontramos que Cristo no delega a ninguno de sus discípulos autoridad sobre los demás. La única autoridad delegada, es el Espíritu Santo en nuestras vidas como sustituto de su presencia: “En quel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño,  lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18:1-4). 

 

 

 

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