La iglesia Católica considera la Eucaristía como uno de sus sacramentos necesarios para la salvación del creyente, afirmando que la misma presencia de Jesucristo se encuentra en la consagración de la hostia. Partiendo de ese  pensamiento, es que los católicos celebran la llamada “primera comunión”, cuyo significado es, que por primera vez, el creyente tiene comunión con Cristo y lo recibe en su corazón. Nada más alejado de la verdad que esa afirmación.

El origen de la Santa Cena, tal y como la expuso Jesús, nos la explica el libro de Lucas: “Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo:!Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dió gracias, y lo partió y les dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:14-19). 

Si meditamos en la forma como finaliza el versículo, “haced esto en memoria de mí”, la observancia de la Santa Cena es una conmemoración de la obra de Cristo en la cruz del Calvario, no una transformación de Cristo en un pedazo de pan. Lo mismo se puede decir acerca de la sangre de Cristo: “Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced eso todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (1 Corintios 11:25).  

En el evangelio de Juan, el mismo Jesús nos explica el significado de la cena del Señor. Cuando Jesús dijo, “tomad y comed”, se estaba refiriendo a “venir y creer” en él: “Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:33-35). 

Jesús hablaba en parábolas, metáforas y alegorías,  para enseñarnos por medio de cosas terrenales, el significado espiritual de su mensaje, y que pudiese ser entendido hasta por los niños que se acercaban a él para escucharle: “Yo soy la vid verdadera”(Juan 15:1), “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:48), “Yo soy la puerta de las ovejas” (Juan 10:7),  “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12).  Sin embargo, físicamente hablando, Jesús no era ninguno de ellos, pero sí tenía atributos que lo representaban en cada una de sus afirmaciones.

La carta del apóstol Pablo a los Corintios, nos explica que el pan que viene del cielo es espiritual: “y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:3-4). Este pan del que habla el apóstol Pablo, es la Palabra de Dios, como bien lo mencionó Jesús en el desierto, cuando fue tentado por Satanás y le dijo, “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Esto significa, que lo que el pan es para el cuerpo, la palabra de Dios es para el espíritu, y no se pueden mezclar, pues son de naturaleza diferente. Jesús se lo dijo a Nicodemo, Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:6-7). 

El profeta Jeremías también nos explica la forma en que el ser humano se alimenta espiritualmente cuando dice: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón;” (Jeremías 15:16). Cuando leemos y meditamos en la palabra de Dios, estamos alimentando el espíritu, y “comiendo” a Jesús quien es “la palabra”, como nos lo dice Juan al inicio de su evangelio: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios….Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:1,14). 

Concluimos entonces, que la Santa Cena es una conmemoración del nuevo pacto que Jesús hizo con nosotros al entregar su vida voluntariamente, y morir por nosotros en la cruz, tomando nuestro lugar como pecadores y derramando su sangre, para que con su muerte, nosotros tengamos vida. A él sea la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

 

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