El vocablo “bautizo”, significa literalmente inmersión o el acto de sumergir. Está en concordancia con el siginificado simbólico del bautismo: muerte, sepultura y resurrección. El apóstol Pablo nos lo explica en su carta a los Romanos, ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección;” (Romanos 6:3-5).

El bautismo es un acto conciente que el creyente realiza de forma simbólica, expresando externamente, lo que ha sucedido internamente, es decir, el nuevo nacimiento, del cual Jesús le dijo a Nicodemo, “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:39).

El bautismo es algo de lo cual el individuo debe estar consciente de realizar y por tanto es un acto de la voluntad. Se estima que a partir de los doce años el individuo es plenamente consciente de sus actos y ya puede discernir entre el bien y el mal, y por ende, puede arrepentirse de sus pecados, como se nos dice en Hechos 2:37-39: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”

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